El ocaso de los Dioses
Llega un momento en la vida en la que ves como tus padres se convierten de Dioses impertérritos a mortales comunes, y cuando el momento está cerca a los hijos nos entra el miedo existencial. ¿Qué haremos ahora? ¿Existían tantos problemas? ¿Ayer no fue cuando os volvisteis a enamorar?
Al principio, son Dioses cariñosos y generosos. ¡Te han dado la vida, pardiez! Son un ejemplo a seguir, todo son bondades, viven en un pedestal al que los hijos miramos con orgullo y en todo momento parece que la familia vivirá feliz y comerán perdices por siempre.
Pero en un momento, en una milésima de segundo, ya que el tiempo para los Dioses es relativamente más rápido que para nosotros, los hijos mortales; los Dioses se convierten en autoritarios y sentenciosos, y su voluntad ha de ser respetada si no se quiere un castigo. Esta situación va estrechamente relacionada a que, más tarde o más temprano, los hijos entramos en la crisis de personalidad o también conocida como "edad del pavo".
Ha de decirse que cuando el hijo mortal adolescente se encuentra en la última etapa del pavo, puede existir una mezcla bastante armoniosa y decente entre el primer Dios cariñoso y el segundo Dios autoritario, o incluso, que cada Dios escenifique un rol. El bueno y el malo, para entendernos.
El final comienza cuando el hijo mortal empieza su andadura hacia la madurez, más tarde que temprano, y exige su independencia por las buenas, alcanzando méritos propios, o se revela por las malas ante la necesidad de salir del nido. Hay que decir que a los Dioses les cuesta detectar el cambio progresivo del hijo mortal, de ahí que el cambio de rol divino sea tan tajante.
Y finalmente, el Dios muere cuando el hijo mortal en maduración, descubre que todo lo de los dioses era mentira. Mentira. Que quienes le dieron la vida no son divinos por tal acto, y que los padres están llenos ellos mismos de temores, frustraciones, errores, que no son tan perfectos y que no son tan dignos de admiración.
Mi familia se ha descrito desde hace mucho tiempo como la posible familia nuclear modelo, con sus altibajos, pero funcional. Hasta que hace más de medio año se perdió la comunicación entre los miembros de la misma, en el que el mínimo diálogo era suficiente.
La madre poco cariñosa ya no abraza y se relame mediante el sarcasmo, el padre alegre deambula tristemente por los pasillos y su seña, la sonrisa, parece que desaparece, la hija mayor dependiente se pierde en una madurez que le viene grande, y la hija pequeña independiente se ahoga en un espacio demasiado pequeño, aunque le atemoriza cambiar de estanque.
Ayer comenzó el Ocaso de los Dioses, y solo fue necesario una hora de viaje en el coche con mi padre.
Me asusta lo que pueda venir.




blogueadora dijo
Pues sí que es duro dejar de ver a los padres como superhéroes capaces de desenredar cualquier embrollo y de acabar con los malos que nos cruzamos o se nos aparecen en nuestra vida. Pero también está bien eso de ver que tú misma en cierta manera te has convertido en una superheroína o en una diosa del Olimpo si lo prefieres para desfacer entuertos, que diría Don Quijote, y poder aportar tu granito de arena a que tu propia vida y la convivencia familiar siga para adelante, con ciertos cambios quizás pero en una especie de colaboración. Porque, al fin y al cabo, llegará el día en que prácticamente los roles se cambien y ellos pasen a ser una especie de hijos dependientes y nosotras nos convirtamos en los padres defensores.
Sobre el Ocaso de los dioses que experimentaste, pues no sé si será parte de una especie de racha un poco a la deriva en la que todos estáis evolucionando de diferente manera. Eso espero por lo menos, que no sea tal el ocaso como te pareció.
Un besito y buena caza :)
5 Julio 2009 | 12:01 AM