La excepción
El autobús no dejaba de hablar de lo sucedido, y yo con mi nube de tormenta en la cabeza me distraía, o mejor dicho, me obligaba a distraerme por la ventana.
Giro la cabeza y lo veo: bien sentado, concentrado en si mismo en silencio,… era uno de los chicos que iban con los quinquis que habían provocado el altercado; pero él, en cambio, había permanecido en silencio durante toda la discusión y había elegido no seguir con ellos en el cambio de bus.
Sigo mirándolo detenidamente, se da cuenta y agacha la cabeza.
- “Oye, ¿tú ibas con ellos, no?”- le pregunto de forma directa sin apartar la mirada.
Me mira extrañado, supongo que por la tranquilidad en mi tono de voz, y asiente con la cabeza.
- “¿Por qué no te has ido con ellos? Si son tus amigos…”
Encoge los hombros y con voz tenue: - “No sé…”- contesta dubitativo.
El resto de compañeras de clase, que habían observado el altercado y ahora la mínima conversación, con sonrisas y dulces voces realizan afirmaciones como: “Si él tiene cara de bueno”, “Seguro que él no es un garrulo como los otros”, “Él es bueno”,… a lo que les contesto seria:
-“Eso de que no ha hecho nada y es bueno habría que verlo. Habrá hecho algo para haber ido a un reformatorio, ¿no?”
El resto de compañeras callan al instante, miran al chico quien se pone rojo al saberse el centro de atención, y siguen con sus propias conversaciones.
-“¿Te puedo hacer una pregunta?”- le pregunto
Me observa tranquilo, me examina con la mirada y asiente dándome permiso.
-“¿Por qué vas con esa gente? Se te ve diferente, con “luces”, su compañía solo te va a dar problemas como el de hoy”.
- “Cuando pasan cosas no puedes elegir con quien vas”- me contesta mirándose los pies.
- “¿No crees que siempre hay alternativa?”.
- “Llega un momento en el que nadie te da más oportunidades, siempre dicen que te van a ayudar pero al final no lo hacen. Te dejan tirado”.
Me aplasta su serenidad, su argumento y su pesimismo. Solo tiene 16 años y ve su camino acabado, solo se deja llevar por los acontecimientos. No es la típica pasividad adolescente, es que no tiene esperanza en el futuro.
Me atrae tanto su historia que hablamos tranquilamente durante todo el trayecto, y me cuenta lo que sucedió para entrar en el reformatorio, cómo le han tratado dentro, cómo ha tenido que sobrevivir juntándose con esa chusma, qué hace en clase (cuando va, claro), qué hacía por las tardes, qué mínima expectativa tiene,…etc. El chaval ha descargado todo el peso y se le ve contento porque una extraña se interesa por él. Cuando termina su discurso, suspira y vuelve a mirarse los pies.
Llega mi turno, mi contestación, que entiendo que debe ser en este caso positiva y esperanzadora, llena de expectativas futuras.
Le comento que con su edad aún tiene toda la vida por delante, pero que dentro de dos años ya no le consentirán estos actos. Le animo a que aproveche ahora su tiempo, que busque alternativas como: que se saque el graduado por la noche, que estudie cualquier módulo para conseguir después un buen curro, porque no hace falta llegar a la Universidad para poder estudiar algo de provecho, ¿o acaso no ganan más los electricistas, fontaneros,… que un profesor de instituto?; que si aprovecha estas oportunidades, dentro de unos años el tendrá un buen trabajo, una casa,… y esos canis estarán en la cárcel o tirados por la calle.
Desconfía, se nota que le han echado esta charla muchas veces, así que aprovechando esa “confianza temporal” que tenemos le cuento casos propios en mi vida: amigos que han estado metidos en verdaderas mierdas, que han sabido darse cuenta de que por ese camino no iban a ningún lado y que ahora viven su vida con normalidad. Y también, en contra, amigos que siguieron con malas compañías, y ahora están cargados con niños, deudas, trabajos de mala muerte, malos negocios,… han perdido su oportunidad y su juventud.
Parece que este último argumento hace más mella en él y se queda pensativo.
Llego a mi parada, pero tengo tantas ganas de seguir hablando con él, de poder ayudarlo, de hacerle ver que no tiene nada perdido,… pero hasta aquí llega esta conversación.
-“No seas tonto, y recuerda que siempre hay alternativa”- le digo mientras se abren las puertas del bus, y él desde su asiento sonríe y me contesta con un gracias sincero.
Vuelvo a casa con una sonrisa tonta en la cara, de alegría, y es que esta conversación me ha motivado más para saber lo que quiero ser, aunque este trabajo sea duro, que miles de horas de clase, prácticas y charlas.










theo dijo
La ley del menor parte de la idea brillante de que no se puede dar por perdido a un chico de 12, de 14, de 16 años, porque este sería el fracaso de toda nuestra sociedad. Otro tema es el de que su apliación sea más o menos adecuada (que no lo es), que se disponga de medios y personal preparados y suficientes (que tampoco)...
Besos!
28 Abril 2008 | 11:35 AM