Allí donde todo es posible
Duerme, cierra los ojos y sueña. Recuerda, en la memoria lo que dejaste atrás. Allí donde eras feliz al sentirte tan pequeña, pero tan poderosa.
Correr entre los árboles mientras el viento besa tus mejillas, saltar rocas y ríos quedándote suspensa en el aire, trepar a las más altas ramas para que los animales te señalen tu destino, llegar al claro y ver tu objetivo. Detente y recupera el aliento que la adrenalina te roba.
Debes llegar al centro donde se encuentra tu botín, pero hay que ser sigiloso porque el ciego guardián escucha la más leve pisada y habrás fallado en este descanso natural.
Silencio. Máximo silencio. Respiración lenta y pausada, movimientos lánguidos.
El viento te acompaña y se adelante en tu misma dirección, lo aprovechas para deslizarte entre la alta hierba mojada por el frescor de la mañana, acercándote cada vez más a tu meta.
Una pequeña criatura se posa en tu hombro susurrándote algo al oído que solo tú puedes captar.
- “¿En serio?”- le susurras mientras ves como se aleja a resguardarse para que no se dañen sus pequeñas membranas, y en tu boca se dibuja una sonrisa sincera de superación.
Levantas la mirada y ves como una vez más el céfiro te refuerza, trayéndote nubes corpulentas y oscuras. En tres exhalaciones empieza a llover.
El ciego guardián ruge de rabia porque sus sentidos están anulados: ya no puede escuchar por la incesantes gotas chocando contra el suelo, ya no puede olfatear porque todo huele a mojado, pero si puede... Comienza a dar vueltas fugazmente alrededor de su tesoro, agudizando al máximo su percepción.
Sabes que lo tienes ganado, solamente tienes que andar ligero pero firme, teniendo cuidado donde pisar, ya solo te queda realizar el último movimiento. Te agazapas una vez más para pensar la ultima estrategia, cierras los ojos para concentrarte, la lluvia empapa todo tu cuerpo, toda tu ropa, todo tu alrededor, todo el suelo,... El suelo.
Lentamente sin perder de vista el movimiento de tu contrincante, introduces las manos en el barro, apartando el lodazal hasta encontrar lo que buscas. No muy grande, para poder ser lanzada con un solo brazo, pero suficientemente pesada para hacer... ruido.
Encuentras un canto que te cabe entero en la palma de la mano, y te yergues para dar el último paso. Levantas la mirada al cielo, alzas el brazo con la materia inerte en la mano, y mientras sientes como se te hidrata el rostro, lanzas el pedrusco a tres metros de distancia con la consecuente respuesta del guardián que te deja el camino libre.
Avanzas únicamente dos zancadas y el bordón esta en tus manos.
Deja de llover, el viento cesa al instante y los rayos del astro atraviesan débilmente el instante pasado.
Tú, jubilosa, rompes a reír a carcajada limpia mientras el ciego guardián se acerca furioso donde te encuentras.
- “Has hecho trampas”- reniega mientras su imagen desaparece por segundos para convertirse en un niño moreno de tu edad – “No valía hacer ruido con objetos extraños".
- “Eso lo dices ahora, pero lo que te da rabia es que siempre te gano”- contestas mientras te ríes en su cara – “Una vez más, ya verás como puedo pararte cuando estés a veinte pasos".
El juego comienza de nuevo, cambian los roles, y todo vuelve a comenzar de nuevo en este mundo eterno.
Despiertas al alba, abres la ventana y el verdor de la vista te recuerda que una vez más has podido volver a ese mundo que creías desaparecido con la madurez, que has recorrido tu paraíso perdido.







bree dijo
Escribes pero que muy...muy bien...muchísimas felicidades...
4 Febrero 2008 | 09:30 AM